Cuando instalar un programa era todo un ritual
Hubo una época en la que formatear una computadora no significaba iniciar sesión en una cuenta y esperar a que todo apareciera mágicamente desde la nube.
Había que instalarlo todo.
Windows, Office, antivirus, reproductores de música, juegos, drivers de sonido, impresoras… y para cada cosa probablemente existía un CD diferente.
Quienes vivimos aquella época seguramente recordamos aquellas carpetas llenas de discos escritos con marcador: “Office”, “Drivers”, “Programas”, “Windows”, “Juegos”.
Y había uno especialmente importante: el CD de drivers de la tarjeta madre.
Perderlo podía convertirse en toda una aventura.
Formatear una computadora también era casi una ceremonia. Respaldar los documentos, insertar el disco de Windows, cambiar el orden de arranque en el BIOS y contemplar durante largos minutos aquella barra de instalación mientras esperábamos que absolutamente nada saliera mal.
Después venía la verdadera prueba.
¿Hay sonido?
¿Reconoció la tarjeta de red?
¿Funcionan los gráficos?
Porque si Windows no reconocía la tarjeta de red y tampoco teníamos el driver… teníamos un pequeño problema: necesitábamos Internet para descargar el controlador que necesitábamos precisamente para tener Internet.
Y entonces aparecía el héroe inesperado de la historia:
otra computadora y una memoria USB.
Hoy todo parece diferente. Los sistemas operativos encuentran gran parte de los controladores automáticamente, descargamos programas en segundos y muchos servicios ni siquiera necesitan instalarse porque funcionan directamente desde un navegador.
Es muchísimo más cómodo.
Pero aquellos que pasamos tardes instalando Windows, buscando drivers, ordenando CDs y viendo barras de progreso sabemos que había algo especial en aquel proceso.
Tal vez no extrañemos esperar una hora para instalar Windows.
Pero sí extrañamos un poco aquella sensación de encender una computadora recién formateada, escuchar el sonido de inicio y pensar:
“Listo… quedó como nueva.”
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